Iniciar hablando de un mal día nunca será una buen comienzo, sin embargo, cuando uno de esos malos pasajes deja su sello, y este se hace sentir perenne, es preciso dedicarle unas palabras para que así, de algún modo, se pueda compartir lo aprendido durante la misma. Pero hoy lo haremos generalizado, algo escueto y trillado, tratando de poner buena cara a los tiempos malos, y algo muy importante, sin dañar a terceros.
Si algo es fuente de enseñanza en la vida, esos son los golpes que la misma vida propina. Cada golpe, o leñazo en el buen costarriqueñismo, es fuerte o débil dependiendo de quien y como se reciba. La molesta tendencia de dejarse derrumbar por cada mal rato que se nos presenta es una constante que deja mucho que desear, mas sin embargo, tampoco es culpar a quienes caen en esta. Esto porque todos en algún momento hemos tenido nuestros lapsos de debilidad, de afrontar la vida con miedo, de un empoderamiento escaso que nos abandonó del todo para dar paso a la inseguridad y fragilidad emocional. Es aquí, donde "ya no valemos un cinco", cuando se debe sacudir el polvo, entendiendo a este como las malas vibras y las fuentes de pesimismo, dejarlos fuera de nuestro ring, y ponerle el pecho a las balas con una actitud propia en la mayoría de casos, e infundada en otros, pero positiva al final.
Las claves para una superación exitosa de los malos tiempos no pueden ser impregnadas en unas cuantas líneas, puesto que la cantidad de circunstancias bajo las cuales dichos tiempos se pueden manifestar son infinitas, empezando por las típicas rupturas amorosas y terminando con los fracasos profesionales. Sin embargo, y como en todo, existen generalidades que ayudan a darle forma a una guía o tutorial que pueda brindar un empujón ante tales situaciones.
En primer lugar, se debe entender que la situación que se nos presenta ya sucedió, ya acabó, o ya terminará. Así como los días terminan al dar el reloj la media noche, así terminan los problemas en la vida. Y aunque lo que pasó hoy puede tener repercusiones en el mañana, siempre se debe entender que lo peor ya es más pretérito que presente, y que la única dirección a seguir es hacia adelante.
Como segundo bastión, es fundamental minimizar las cosas, más cuando la posibilidad de revertirlas esta sobre la mesa. En caso de ser un daño irreparable pues este se mantendrá así, y por más que parezca mentira, tiñendo de sarcasmo la nota, llorando no lo vamos a solucionar. Una vez más la dirección correcta la encontramos al levantar la frente.
En tercera instancia, es necesario recordar, a modo de crítica, que los problemas en su gran mayoría son personales, y por tanto quienes nos rodean no deben ser empolvados por estos. Lo lamentable de la situación es que siempre dirigimos nuestro mal carácter, consecuente del mal tiempo, a esos terceros que hasta nos aman. Y es allí donde pagan justos por perdedores, digo... pecadores.
Por último, el reconocimiento de los errores, el querer enmendarlos dentro de lo que quepa la posibilidad, y una buena actitud, aunque sea por fuera, terminarán de contagiar a nuestro "yo" interno de positivismo.
Retroalimentar nuestra mente cuando el camino se pone más empinado es la experiencia más enriquecedora que se puede obtener de un mal día, dejando de lado la cara larga, esquivando iras, regalando sonrisas que a veces nos duelen, pero que a otros les cura el dolor, es la manera más envalentonada con la que se puede afrontar una situación de poco agrado. Es por tanto, que a los malos ratos no se les concede como prueba superable solo para valientes, sino como maquinas de valientes para superar pruebas futuras.

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