Ayer, 8 del Julio del 2014, la vida futbolera nos demuestra
una vez más que está llena de contrastes. Que en ese mundo mágico donde se
corre tras una 'bocha' los gigantes pueden llorar y los pequeños llenarse de
gloria. Y lo más sorprendente, todo en un mismo día.
Si bien es cierto que cada quien establece sus metas y
celebra el nivel de sus logros de acuerdo a sus expectativas, la luz y las
sombras que en ese mundo se posan sobre quien más sufra, o disfrute, alguna de
ellas.
Ayer, mientras un gigante, un Dios, casi que un inventor
revolucionario del orbe futbolístico caía estrepitosamente frente otro
igualmente grande; un pequeñito, feliz, humilde y labriego pueblo
centroamericano gozaba de alegría, escribía una de sus mejores páginas y nos
regalaba a muchos uno de los días más lindos que sobre esta tierra se podían
vivir. Por un lado, un Brasil lloraba su decepción, y sus lagrimas sobre el
tablón iban cargadas de una mezcla entre ira y tristeza; y por otro, Costa Rica
recibía a sus héroes, entre espejos hacia el cielo, pancartas roba miradas y
sonrisas amotinadas en una misma ilusión.
Si usted es brasileño, probablemente lea estas líneas con
dolor, pero si por el contrario, usted es costarricense, recordará lo que acá
se describe con una enorme alegría. Y pues ¡eso es!, hoy, ya estando a la
posteridad de ambos eventos, el sol sale en el pequeño mundo futbolero de 4
millones de costarricenses, mientras que las sombras se abren paso entre los
miles de kilómetros de costas privilegiadas que tiene el país del ya extinto
"jogo bonito".
Ahora, centrándonos en la luz que hoy colma el suelo tico,
sería imperdonable no compartir, desde los ojos de un testigo, las imágenes que
ayer marcaron su vida para siempre: Un pueblo entero vestido de rojo, una
fiesta de todos, un avión que se esperaba con unas ansias inexpugnables, un
sobrevuelo a la famosa avenida del Paseo Colon, en el corazón de la capital
costarricense, y que quedó también en el corazón de quienes estuvieron allí,
miles de espejos que al cielo le reflejaron la alegría del pueblo en las partes
altas y bajas del país, un grupo de muchachos incrédulo de lo que habían
provocado, un director técnico que ya es más piso e´ tierra tica que otra cosa,
y horas de un día que parecían no alcanzar para toda la felicidad que se
deseaba manifestar en aquel momento. En resumen, anoche Costa Rica manifestó su
adjetivo de 'país más feliz del mundo'.
Asimismo, lamentar, y no extenderse mucho en el dolor que
las sombras del fútbol le llevó a los cariocas en la traumática semifinal,
total hoy sus periódicos se encargan de hacerlo más grande. Pero si expresar,
desde este pedacito de suelo, que la admiración que este pueblo tiene por el
juego brasileño no se compara con el agradecimiento que se le tiene hoy a su
gente, ya que el calor brindado a nuestros compatriotas en su suelo no se puede
emular ni dándole vuelta al partido de ayer.
Sin embargo, y a pesar de los contrastes, el mundo del balón
se llenó de gracias, gracias y más gracias. Gracias a la afición, gracias a los
jugadores, gracias al profesor, gracias al mundo por retirar lo dicho, y
gracias al caluroso pueblo hermano latinoamericano que hoy luce sombrío por la
frialdad alemana, pero que ni así deja de lado su enorme carisma, el cual los
hace campeones de cualquier copa mundial.
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