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Burlar el pasado o vivir de él

-Facundo Cabral

Sin mucho escudriñar, es fácil encontrar dentro de un y mil relatos las mofas que usan muchos para hablar de un pasado, el cual en su momento fue un presente, una realidad y un ideal. Muchos pasados están plagados de errores que no queremos cometer nuevamente, mientras otros narran experiencias que deseamos se repitan pero quizás no volverán en tiempos venideros; sin embargo, y a pesar de la diferencia, ambos tienen algo en común: se cuentan sonriendo.
Y si, lo que usted hoy lee es producto de una buena conversación sobre tiempos ya añejos, de una tertulia disfrutada en compañía del pasado. Así que siga adelante, hay solo una verdad compartida que lo motiva a seguir la lectura: todos tenemos un pasado.
Hablemos primero de los tiempos donde errar era la consigna. Siempre he pensado que los errores no son más que un aprendizaje plasmado en una experiencia, ya que por más inútil que encontremos la caída, el tiempo nos ayuda a encontrar ese "¿por qué?" que en su momento fuimos incapaces de ver. Si de equivocarnos se trata, los humanos somos expertos. Así que si siente sobre su espalda el peso de un pasado sobrecargado de errores no se sienta mal, siéntase humano, vivo y sabio. Ya sea por inmadurez, inexperiencia o bajo control de sus emociones, las equivocaciones llegan a nosotros a modo de cachetadas, las cuales las da una señora llamada Vida. Tómela en serio, por que Doña Vida es la Doña Florinda de nuestro recorrido en la tierra, y si lo cachetea seguido es porque usted está haciendo algo mal. Eso si, recuerde que Doña Florinda golpeaba injustamente en algunas ocasiones, y Doña Vida no está exenta de caer lo mismo con usted.
La mejor parte de un pasado errático, infestado de pifias, son las burlas que podemos hacer de estas en el presente. Muchas vendrán al recuerdo acompañados de una sensación de ignorancia, ya que desconocemos el "por qué hice eso", "que me motivó" o el inexpugnable "en qué estaba pensando". Pero véase ahora, sonriendo porque ya no lo hizo más, porque sus motivos son otros y porque ahora lo piensa mejor. Si Doña Vida lo sigue cacheteando, pero con menor frecuencia, considérese afortunado, ya que sigue aprendiendo a pesar de lo aprendido. Perdonará usted la redundancia, no mía, sino de la vida.
¿Cuantos mal llamados errores ocuparon nuestro pasado? Actitudes, acciones, ex parejas, malos amigos, perspectivas, corrientes, modas. Retroceda, y verá que todo lo recuerda sonriendo. De no ser así pues suerte, seguirá recibiendo su lección hasta que lo haga, porque donde no hay sonrisa, hay rencor. Y créame, a Vida no le gusta eso.
Ahora caigamos inmersos en el pasado añorado, el de las buenas vivencias y experiencias primerizas que viajan al presente a través de la sonrisa. Aunque suene agradable, este pasado tiende a encerrarnos en un circulo vicioso. Las ganancias que dejó nos apegaron a algo que ya no es parte del ahora, y mucho menos del mañana. Nos ata a alegrías estancadas y nos priva de las futuras.
A lo anterior se lo llama, de manera muy atinada, vivir del pasado. Residir allí es sinónimo de ser prisionero de una estancia deseada, de una estado de confort perenne, que no hace ni deshace, pero que deslinda nuestra mente de la realidad. Estar allí es ser hincha de un club que pelea el descenso, porque por más que logre su objetivo, este no gana nada. ¿De verdad no lo había pensado?
Por ello es preciso hacernos fanáticos del club más grande, ser parte de los que alientan al Vivir Ahora FC, de los que anhelan ganar siempre, los que serán candidatos eternos al título. La anterior comparación no es parte de una clase de semiología futbolística, sino un implorado intento de causarle sed de victoria, de sacarlo del conformismo, de la comodidad improductiva, en resumen, del no vivir.
El principal objetivo de exponer ambos pasados no es crear una equívoca suposición de que, como seres individuales, solo tenemos uno de los dos. Sería inadmisible tal afirmación sabiendo que las biografías son un híbrido experimental, colmado de conocimientos insertados durante la misma. Por lo tanto, el cometido no es más que hacerle saber que recordando se sonríe, no se vive. Es decir, sea más un partidario de su hoy y solo un afanado historiador de su pasado, para que no confunda vivir con recordar, para que recuerde que los errores son catedráticos y las buenas experiencias llanamente se quedan en buenos momentos.
Lo mejor sería estar anuente a aprender, a triunfar y a desatarse del pasado. Traer el mismo hacia el presente solo en forma de conversación, y no en estilos de vida. Hacer del pasado un "hoy" solo con sonrisas, burlándose de los tropiezos antiguos, aplicando su lección, haciendo de las agradables sorpresas que el mismo pasado nos brindó algo que a punta de sueños podamos incluir en nuestro porvenir. Escrito eso: ¡Que venga Doña Vida, el futuro y sus cachetadas, que más me pongan a soñar!


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