Más allá de ser el eslogan de la famosa cerveza Quilmes, el sabor del reencuentro, en la vida, posee una connotación más poderosa, incierta y desconocida. Esto, hasta que tenemos la prueba empírica e irrefutable de ser parte de uno.
La entrada de hoy la inspiró un grupo de personas que pasaron desapercibidos en la costumbre, y que hoy son "retroalimentadores" de los buenos días. Gente que dejó atrás etapas conviviendo, y que hoy cada uno comparte su discurso del presente, mezclando su relato con anécdotas de un pasado guardado en un baúl recién desempolvado.
No todos vivimos anhelando reencuentros, pero cuando la posibilidad de uno se presenta, es inevitable para nuestro instinto humano no hacer externo el deseo a involucrarnos, a recordar, a mirar el ayer con los ojos de hoy, a responder el ¿que sería de aquel/aquella?. Y no hay porque alarmarse, ya que a criterio de quien les escribe, la curiosidad es, y debe ser, parte de nuestros días. El por qué de ello radica en la función que cumplen en el camino esas ganas de descubrir lo nuevo, o de redescubrir lo viejo. Total, es mejor morir sabiendo, y para saber nada mejor que la curiosidad.
En anteriores ocasiones dijimos que "recordar no es vivir", pero, y manteniendo dicha posición, reír recordando si lo es. La disyuntiva en esto se encuentra en como lo habitual se volvió notable y como la costumbre se transformó en sorpresa, en que momento y de que manera se desarrolla esa capacidad de carcajear por todo aquello que en su momento no valoramos tanto, o que si lo hicimos pero que hoy valoramos más. Todo lo anterior es producto del reencuentro, de revivir un pasado que creíamos borrado, de traer el presente no solo recuerdos, sino viejos amigos, que por aquellos caprichos de la vida y el imparable tiempo no volvimos a ver.
Además de lo mencionado, y del sabor dulce que nos puede dejar un reencuentro, una de las mejores formas de comprobar la durabilidad de las amistades es tratar nuevamente con ellas después de un buen rato sin conversar, e incluso sin saludar. Desde la manera en la que se rompe el hielo en un uno a uno, y hasta la displicencia que nos puede regalar la confianza en grupo, reabrir la puerta a alguien que pensábamos olvidado es una forma de reafirmar un amigo(a), el cual nunca está de más ¿O acaso es usted de los que vincula a "encender cenizas" exclusivamente a las relaciones amorosas?
Por así decirlo, cuando tengamos un reencuentro, ya sea espontáneo o planificado, debemos ser inclusivos, esperar lo que sea y estar abiertos a ello. A criterio nuestro quedará si el sabor percibido fue dulce o amargo, si decidimos a raíz de un momento o dejamos al tiempo correr para abrir de par en par la puerta a quienes en su momento salieron por atrás, sin reconocimiento alguno. Debemos, además, apelar al gusto del disfrutar, porque repito e insisto, un amigo nunca de más... solo ¡saboree el reencuentro!

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