Empezó el partido, y yo, un joven de 22 años, sabía que debía correr el doble en aquel juego, ya que la edad promedio de mi equipo rondaba los 50 años, mientras que los contrarios variaban entre los 16, 18, 22, 23, 25 y 50 años, es decir, un padre y sus 5 hijos. A pesar de la diferencia, y de mi muy equivocada suposición, el partido me traería sorpresas y el motivo de esta entrada.
Un vecino de portero, mi señor padre Mauro y mi tío Hernán eran la defensa, mi tío William no perdió la costumbre y se colocó de delantero al lado de un tío Alex que ya el sobrepeso no lo deja colaborar mucho, y yo, pues me puse al medio, con la idea de ayudar a ambas partes, tanto defensa como ataque.
Pasaron los primeros minutos y empecé a notar que no me hacía falta bajar, porque perdíamos un balón, nos contraatacaban, y ahí estaba mi padre, fuerte, macizo, como todo un perro de traba en la defensa. No dejaba pasar una, y las que le tiraban largo las cubría con una experiencia que compensaba su falta de velocidad. Pensé por momentos en ayudarles a hacer la salida, pero prefería deleitarme un momento, y ver como entre mi tío y mi papá, con un fútbol de memoria, salían jugando como si tuviesen mi edad. Ahí comprendí que el rezagado era yo, porque me hacían falta años fútbol para poder salir con tan poca agilidad pero con tanta fineza.
El partido seguía, y bajo el guión de una buena salida, un medio joven y un delantero de años cayó el primero, y le siguió el segundo. Nosotros ganando por dos y el contrario despertó, aprovechó su juventud, y se abalanzó sobre nosotros. Los piques consecutivos que los hijos del equipo contrario me hacían pegar desde adelante y hasta atrás me cansaron rápido, sumado a ello y a pesar de mi edad, el sedentarismo universitario pasaba la factura. Pero vaya sorpresa la mía, al ver que mi papá inmutable, insuperable, sublime, que sin correr atravesaba la pierna sutilmente y quitaba la pelota para servirla rápido, y no a mi, sino a su socio favorito, mi tío Hernán, el cual nunca lo abandonó. Es de verdad cuando les digo que era para sentarse y aplaudir esa improvisada linea de dos que ambos formaban, y que mi padre lideraba callado, sin mucha palabra pero con mucha acción.
Pasado un rato, tuvimos que hacer un cambio, más por cortesía que por cansancio, Hernán le cedía el puesto a Mario, que venía a darle un aire nuevo a nuestro agotado equipo. Lo que no sabíamos era que la vocación del recién ingresado era ofensiva, lo cual dejó a mi papá solo. Esto trajo consecuencias, ya que no se pudo evitar el descuento, ni el empate, a pesar del fino toque de balón y buen fútbol en ofensiva que las piernas nuevas venían mostrando.
En cada gol recibido, en el rostro de mi padre se vio la rabia, plasmada en una cara de humildad incapaz de echarle la culpa al vecino que estaba de portero, ni a mi tío Alex, que perdía balones descomunalmente.
Al pasar de unos cuantos minutos cayó el tercero, pero en contra, y fue ahí donde tuvimos que tomar cartas en el asunto; sacar a Alex, quien ya no daba más, y reingresar a Hernán, que volvió a asociarse con mi papá.
Ahora yo podía acercarme más a Mario y alimentar entre ambos el ataque de un tío William ansioso de recibir balones. Típica actitud de un delantero.
Los tirados adelante esta vez eramos nosotros, la sociedad Mauro/Hernán era ahora más una contención férrea parada sobre la media cancha que una defensa encerrada atrás, y entre los tres de arriba tratábamos de penetrar a un grupo de jóvenes acorralado en su propia área. Por más intentos, tiros de media distancia o paredes fallidas que hicimos los de adelante, quienes más pudieron penetrar las dos lineas de 3 que pararon los contrarios fueron los dos candados que venían de atrás como un Lucio en sus mejores tiempos; enganches con falta de aceite pero efectivos y un paso arrollador e intimidante. Entre tantas subidas en bloque perdíamos el balón, lo cual era frustrante; pero ver a mi papa, con sus cincuenta y tantos encima, volviendo a recuperarlo, es una imagen mental que al escribir estas lineas todavía me logra erizar la piel.
Llegó la ultima jugada, sabíamos que era todo o nada,, nuestra defensa subió a cabecear un tiro de esquina que yo cobraría. Lancé la bola sobre las cabezas de la puberta saga defensiva, con la esperanza de ver a mi papá siendo el héroe una vez más, pero el portero la rechazó y la segunda bola cayó en pies del más joven de la cancha, quien corrió de área a área con el aire que a mi ya me faltaba. Cruzó la media, llegó a nuestro punto de penal, eludió al vecino con una gambeta larga hacia la derecha, remató....
y mi padre, sin aire, dejando el pellejo, estiró su vendada pierna para enviar el balón afuera, y de paso evitar el cuarto en contra. Desde la otra área solo me quedó soltar un !Bien Papi! mientras daba dos o tres aplausos.
Perdimos 2 a 3, pero me sentí ganador al ver que tengo a un padre luchador, no solo en la cancha, sino en la vida, el cual, por más perdido que esté algo, siempre da lo mejor de sí hasta el último instante, mientras previamente anhelaba que todo saliera bien. Con él, no me hace falta nada, lo tengo todo, y por eso a la vida no le pido nada más. Al final de cuentas, ¿para que dinero? si la gente es mejor, ¿para que lujo? si hay humildad, ¿para que Mascherano? si tengo a mi papá.
Pasaron los primeros minutos y empecé a notar que no me hacía falta bajar, porque perdíamos un balón, nos contraatacaban, y ahí estaba mi padre, fuerte, macizo, como todo un perro de traba en la defensa. No dejaba pasar una, y las que le tiraban largo las cubría con una experiencia que compensaba su falta de velocidad. Pensé por momentos en ayudarles a hacer la salida, pero prefería deleitarme un momento, y ver como entre mi tío y mi papá, con un fútbol de memoria, salían jugando como si tuviesen mi edad. Ahí comprendí que el rezagado era yo, porque me hacían falta años fútbol para poder salir con tan poca agilidad pero con tanta fineza.
El partido seguía, y bajo el guión de una buena salida, un medio joven y un delantero de años cayó el primero, y le siguió el segundo. Nosotros ganando por dos y el contrario despertó, aprovechó su juventud, y se abalanzó sobre nosotros. Los piques consecutivos que los hijos del equipo contrario me hacían pegar desde adelante y hasta atrás me cansaron rápido, sumado a ello y a pesar de mi edad, el sedentarismo universitario pasaba la factura. Pero vaya sorpresa la mía, al ver que mi papá inmutable, insuperable, sublime, que sin correr atravesaba la pierna sutilmente y quitaba la pelota para servirla rápido, y no a mi, sino a su socio favorito, mi tío Hernán, el cual nunca lo abandonó. Es de verdad cuando les digo que era para sentarse y aplaudir esa improvisada linea de dos que ambos formaban, y que mi padre lideraba callado, sin mucha palabra pero con mucha acción.
Pasado un rato, tuvimos que hacer un cambio, más por cortesía que por cansancio, Hernán le cedía el puesto a Mario, que venía a darle un aire nuevo a nuestro agotado equipo. Lo que no sabíamos era que la vocación del recién ingresado era ofensiva, lo cual dejó a mi papá solo. Esto trajo consecuencias, ya que no se pudo evitar el descuento, ni el empate, a pesar del fino toque de balón y buen fútbol en ofensiva que las piernas nuevas venían mostrando.
En cada gol recibido, en el rostro de mi padre se vio la rabia, plasmada en una cara de humildad incapaz de echarle la culpa al vecino que estaba de portero, ni a mi tío Alex, que perdía balones descomunalmente.
Al pasar de unos cuantos minutos cayó el tercero, pero en contra, y fue ahí donde tuvimos que tomar cartas en el asunto; sacar a Alex, quien ya no daba más, y reingresar a Hernán, que volvió a asociarse con mi papá.
Ahora yo podía acercarme más a Mario y alimentar entre ambos el ataque de un tío William ansioso de recibir balones. Típica actitud de un delantero.
Los tirados adelante esta vez eramos nosotros, la sociedad Mauro/Hernán era ahora más una contención férrea parada sobre la media cancha que una defensa encerrada atrás, y entre los tres de arriba tratábamos de penetrar a un grupo de jóvenes acorralado en su propia área. Por más intentos, tiros de media distancia o paredes fallidas que hicimos los de adelante, quienes más pudieron penetrar las dos lineas de 3 que pararon los contrarios fueron los dos candados que venían de atrás como un Lucio en sus mejores tiempos; enganches con falta de aceite pero efectivos y un paso arrollador e intimidante. Entre tantas subidas en bloque perdíamos el balón, lo cual era frustrante; pero ver a mi papa, con sus cincuenta y tantos encima, volviendo a recuperarlo, es una imagen mental que al escribir estas lineas todavía me logra erizar la piel.
Llegó la ultima jugada, sabíamos que era todo o nada,, nuestra defensa subió a cabecear un tiro de esquina que yo cobraría. Lancé la bola sobre las cabezas de la puberta saga defensiva, con la esperanza de ver a mi papá siendo el héroe una vez más, pero el portero la rechazó y la segunda bola cayó en pies del más joven de la cancha, quien corrió de área a área con el aire que a mi ya me faltaba. Cruzó la media, llegó a nuestro punto de penal, eludió al vecino con una gambeta larga hacia la derecha, remató....
y mi padre, sin aire, dejando el pellejo, estiró su vendada pierna para enviar el balón afuera, y de paso evitar el cuarto en contra. Desde la otra área solo me quedó soltar un !Bien Papi! mientras daba dos o tres aplausos.
Perdimos 2 a 3, pero me sentí ganador al ver que tengo a un padre luchador, no solo en la cancha, sino en la vida, el cual, por más perdido que esté algo, siempre da lo mejor de sí hasta el último instante, mientras previamente anhelaba que todo saliera bien. Con él, no me hace falta nada, lo tengo todo, y por eso a la vida no le pido nada más. Al final de cuentas, ¿para que dinero? si la gente es mejor, ¿para que lujo? si hay humildad, ¿para que Mascherano? si tengo a mi papá.

Que saga en verdad disfrute leyendo este entretenido reportaje de fútbol y sin lugar a dudas aunque los artistas en la cancha fueron mi tío y Hernan ud es un artista escribiendo!!!!
ResponderBorrar¡Muchas gracias Katherine! La verdad es que disfruto mucho escribiendo, pero disfruto aún más jugar fútbol con mi papá
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